Esta anciana dejó esta carta antes de morir, cuando las enfermeras la leyeron, se quedaron sin palabras

Es muy común ver que hoy en día mueran miles de ancianos internados en un ancianato, sin visitas de sus familiares, sin la atención de un conocido, lo cual es muy triste.

Las personas dejan a estos abuelos abandonados en estos sitios para que desconocidos se hagan cargo de sus necesidades, en ciertos casos lo hacen por falta de tiempo y los visitan de vez en cuando.

Pero en otros simplemente usan estos lugares para deshacerse de esa carga y no vuelven nunca más.

Es bastante triste ver cómo hay hijos que abandonan a sus padres en un ancianato y luego no vuelven, es una muestra de poco aprecio, desinterés y falta de agradecimiento.

Porque ellos cuidaron de nosotros cuando estábamos pequeños, por lo que nosotros también debemos cuidar de ellos cuando están en una edad muy avanzada y necesitan de una ayuda.

No hay mejor cosa que contar con el apoyo de tu familia, evidentemente a ningún abuelo le gusta tener que pasar sus días viviendo en un asilo y siendo cuidado por una desconocida, esto les puede causar depresión y dan la impresión de que solo esperan el final de sus días pacientemente.

Mira lo que escribió esta anciana antes de morir

En este caso tenemos la historia de una anciana que dejó una carta antes de morir en un asilo.

Puede que esta mujer haya vivido algo similar a lo que dijimos anteriormente, parecía estar abandonada sin ningún familiar preocupándose por ella. Cuando murió, las enfermeras consiguieron lo siguiente:

“¿Qué veis vosotras, enfermeras? ¿Qué veis?

¿Qué pensáis cuando me veis?

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Una vieja cascarrabias, no muy lista.

Con hábitos extraños y mirada distante.

A la que la comida le cae por la comisura de los labios y nunca responde.

A la que decís en alto: “Al menos podría intentarlo”.

Que parece no darse cuenta de las cosas que hacéis.

Y que siempre pierde algo. ¿Un calcetín o un zapato?

Que, oponiendo resistencia o sin oponerla, deja que hagáis lo que queráis.

Que ocupa sus largos días con el baño o la comida.

¿Es eso lo que pensáis? ¿Es eso lo que veis?

Pues entonces abrid los ojos, enfermeras, vosotras no me veis.

Os diré quién soy, ahora que estoy sentada

haciendo lo que me decís y comiendo cuando me pedís:

Soy una niña de 10 años, con padre y madre,

hermanos y hermanas, que se quieren.

Una chica de 16 con alas en los pies,

que sueña con encontrar pronto el amor.

Una novia con 20, a la que el corazón le brinca.

Que recuerda los votos que prometió cumplir.

Que con 25 ya tiene sus propios niños,

a os que ha de guiar y dar un seguro hogar.

Una mujer de 30, cuyos hijos crecen rápido.

Unidos los unos a los otros con lazos que han de durar.

Con 40, mis jóvenes hijos han crecido y se han ido.

Pero mi marido está conmigo para que no entristezca.

Con 50 vuelven a jugar bebés en mi regazo.

Volvemos a conocer a niños, mi amor y yo.

Días oscuros sobre mí, mi marido ha muerto.

Miro al futuro y me estremezco.

Mis hijos tienen sus propios hijos.

Y pienso en los años y en el amor que conocí.

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Yo soy ahora una vieja. La naturaleza es terrible.

Me río de mi edad como una idiota.

Mi cuerpo se viene abajo. Gracia y fuerza se despiden.

Ahora solo queda una piedra, donde latía un corazón.

Pero en esta vieja carcasa aún vive una mujer joven.

Y mi maltrecho corazón se hincha.

Me acuerdo de las alegrías, me acuerdo de las penas.

Y vivo y amo, todos los días.

Pienso en los años, tan pocos y que se fueron tan rápido.

Acepto el hecho de que nada puede quedar.

Así que abrid los ojos. Abridlos y mirad.

Nada de vieja cascarrabias.

Mirad más de cerca. ¡Vedme a MÍ!”

Estos nos muestra cómo las personas, por más abandonadas que parezcan, tienen una historia, tienen cosas que contar, tienen vivencias y experiencias, y no deben ser ignoradas ni subestimadas.

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