Una de las ideas más peligrosas sobre el colesterol es pensar que nuestro cuerpo siempre nos avisará cuando los niveles estén elevados.
En realidad, sucede justamente lo contrario.
Una persona puede sentirse perfectamente bien mientras mantiene cifras elevadas durante años. Por eso, esperar a sentir mareos, cansancio o dolores específicos no es una manera confiable de saber cómo está nuestro colesterol.
La herramienta realmente útil es un análisis de sangre. Los CDC señalan que el colesterol elevado generalmente no produce síntomas y que la única forma de conocer los niveles es mediante una prueba.
¿Por qué necesitamos colesterol?
El colesterol no es una sustancia inútil.
Nuestro organismo lo utiliza para construir células y producir diferentes sustancias necesarias para su funcionamiento.
El problema aparece cuando determinadas partículas circulan en cantidades demasiado altas.
Probablemente hayas escuchado hablar del LDL y el HDL.
El LDL suele conocerse como colesterol “malo” porque niveles elevados pueden favorecer la formación de depósitos en las paredes de las arterias.
El HDL se conoce popularmente como colesterol “bueno” porque participa en el transporte del colesterol hacia el hígado.
El error de buscar síntomas
Dolor de cabeza, hormigueo, mareo y fatiga aparecen frecuentemente en listas de internet tituladas “señales de colesterol alto”.
El problema es que estos síntomas pueden tener muchas causas y no permiten diagnosticar niveles elevados de colesterol.
Una persona puede no experimentar ninguno de ellos y aun así tener LDL elevado.
También puede experimentar varios y tener niveles normales.
Por eso, utilizar síntomas para intentar adivinar nuestras cifras puede llevarnos a conclusiones equivocadas.
Entonces, ¿por qué el colesterol preocupa?
Porque mantener determinados niveles elevados durante mucho tiempo puede contribuir a la acumulación de placa dentro de las arterias.
Con los años, esto puede dificultar la circulación y aumentar el riesgo de problemas cardiovasculares.
Las molestias que eventualmente aparecen no suelen proceder directamente del colesterol, sino de las complicaciones relacionadas con el estrechamiento de las arterias.
Por ejemplo, una enfermedad cardiovascular puede manifestarse con presión en el pecho o dificultad para realizar ciertos esfuerzos.
Estas situaciones requieren valoración profesional y nunca deberían utilizarse para autodiagnosticarse.
El análisis que puede descubrirlo temprano
La prueba utilizada habitualmente se conoce como perfil lipídico.
Mediante una extracción de sangre se pueden conocer cifras como LDL, HDL, triglicéridos y colesterol total.
Para la mayoría de los adultos sanos, los CDC indican que puede ser apropiado realizar controles aproximadamente cada cuatro a seis años, aunque determinadas personas necesitan revisiones más frecuentes dependiendo de sus antecedentes y riesgo cardiovascular.
La frecuencia adecuada debe decidirse individualmente.
Hábitos que pueden ayudar
Una alimentación con verduras, frutas, legumbres, cereales integrales y otras fuentes de fibra puede formar parte de una estrategia favorable para el corazón.
También resulta importante mantenerse físicamente activo, evitar el tabaco y procurar un peso adecuado para cada persona.
La genética también influye.
Alguien que aparentemente lleva una vida saludable puede presentar cifras elevadas debido a antecedentes familiares.
Cuidado con las bebidas que prometen “limpiar” las arterias
Limón, ajo, avena y diferentes alimentos pueden formar parte de una dieta variada.
Lo que no pueden hacer es eliminar en pocos días la placa acumulada ni sustituir medicamentos cuando estos han sido indicados.
En determinados casos, los cambios de hábitos son suficientes para mejorar las cifras. En otros, se necesitan tratamientos adicionales.
La mejor señal es conocer tus números
El colesterol elevado es un buen ejemplo de por qué la prevención no siempre puede depender de cómo nos sentimos.
Podemos vernos saludables, sentirnos llenos de energía y aun así tener cifras que merecen atención.
Un sencillo análisis permite conocer esa información antes de que aparezcan complicaciones.
En lugar de esperar señales misteriosas, resulta mucho más útil conocer nuestros niveles, evaluar el riesgo cardiovascular completo y tomar decisiones junto con un profesional.
